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lunes, 26 de diciembre de 2016

La escritura filosófica

(Con autorización del autor. Publicado originalmente en La Razón, 19 de junio de 2016)

Por Guillermo Hurtado


Guillermo Hurtado, Dr. en Filosofía
e investigador del Instituto de
Investigaciones Filosóficas de la
UNAM, con publicaciones a nivel
nacional e internacional.
A mis alumnos les enseño que la claridad, la precisión, el rigor, la concisión y la objetividad son virtudes de la escritura filosófica. Sin embargo, tam-  bién les advierto que debemos tener cuidado de no convertir esas virtudes en fetiches, es decir, en normas ciegas y tiránicas.

“La claridad es la cortesía del filósofo”, decía Ortega y Gasset. Muy bien, pero ¿en qué consiste ser claro? Según Quintiliano, la claridad puede ser contraria de la oscuridad y de la ambigüedad. Es por ello que un texto puede ser oscuro aunque no sea ambiguo. Hay temas filosóficos con tanto fondo que resultan oscuros por naturaleza. Por otra parte, no siempre se ha considerado a la oscuridad como una descortesía. Gracián afirmaba que la mejor escritura debía ser profunda y, por ello, que no podía dejar de tener una pátina de oscuridad que, además, le brindara un toque de elegante gravedad. Es difícil imaginar que el conceptismo barroco vuelva a estar de moda. Sin embargo, habría que tener cuidado de no confundir la claridad con la parquedad, la llaneza o el simplismo, que no son atributos de la mejor escritura filosófica.


Se pide a los filósofos que usen las palabras exactas y cuiden que sus argumentos sean correctos. Reyes le decía a Vasconcelos: “Debo hacerte dos advertencias […] : Primera. Procura ser más claro en la definición de tus ideas filosóficas […] Segunda. Pon en orden sucesivo tus ideas: no las incrustes la una en la otra.”. Estos consejos son sensatos, pero muestran una incomprensión de Reyes del estilo de Vasconcelos. Lo que pretendía el filósofo era que sus escritos sacudieran a sus lectores, que latieran al compás de su corazón e incluso el ritmo del universo. Algo semejante sucedía cuando se criticaba a Unamuno por incurrir en contradicciones. Ante este reproche, él respondía: “¡Contradicción!, ¡naturalmente! Cómo que sólo vivimos de contradicciones, y por ellas; como que la vida es tragedia, y la tragedia es perpetua lucha sin victoria ni esperanza de ella; es contradicción”.

Es correcto que se le pida a un filósofo que sea claro, preciso y riguroso en sus escritos. Pero ni la claridad ni la precisión ni el rigor bastan para que un texto filosófico sea valioso y perdurable: hay filosofía claramente mediocre, puntualmente aburrida y rigurosamente falsa.


La ambigüedad tiene otras complicaciones. A veces no puede eliminarse porque nos faltan las palabras. Otras veces, cuando por fin encontramos el vocablo que se ajusta a lo que queríamos expresar, nos damos cuenta de que en el proceso se perdió algo relevante. El problema de la desambiguación consiste en que cuando aislamos un significado de un término polisémico se gana precisión pero se pierde matiz. Esta es una de las razones por las que los filósofos tienen tanta dificultad para entenderse entre sí y, no digamos ya, para ponerse de acuerdo. Casi siempre, cuando un filósofo le dice a otro: “Ah, lo que quieres decir es ….” y usa otras palabras, se realiza un deslizamiento semántico que no deja satisfecho a uno de los interlocutores.

¿Y qué decir sobre la concisión? ¿Por qué aceptar un texto de mil palabras cuando se podría decir lo mismo con quinientas? No es tan sencillo o, por lo menos, no lo es en la filosofía. Hay ocasiones en las que hay que repetir una y otra vez una idea para que sea comprendida en su plenitud. Cada vuelta que damos alrededor de ella nos permite asimilarla mejor. Las ideas son como las personas: hay que conocerlas en diferentes aspectos y bajo distintas luces para entenderlas cabalmente. En la filosofía no siempre es preferible decir algo en quinientas palabras que en mil.


Paso ahora a la objetividad. Se la puede entender como la fidelidad a los hechos indispensable para la búsqueda de la verdad; pero también como des-subjetivación, es decir, como la eliminación de toda huella del autor. Esta tendencia se ha sido fomentada por las políticas editoriales de las revistas de filosofía. Si uno toma cualquiera de esas revista observará que la uniformidad estilística en los artículos es casi completa.


En resumen: la claridad, la precisión, el rigor, la concisión, y la objetividad son virtudes de la prosa filosófica, pero no son condiciones necesarias o suficientes de la gran filosofía; es decir, de aquella que descubre, asombra, libera, sacude y conmueve.


Twitter: @Hurtado2710


Este artículo es tercero del autor de una serie de tres sobre este tema:
puedes leer el primero aquí---> La dictadura del paper
puedes leer el segundo aquí---> 
El paper y la economía del conocimiento

Puedes leer otros artículos de opinión filosófica aquí---> Columna 

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