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lunes, 26 de diciembre de 2016

La dictadura del paper


(Con autorización del autor. Publicado originalmente en La Razón, 04 de junio de 2016)

Por Guillermo Hurtado

Guillermo Hurtado, Dr. en Filosofía
e investigador del Instituto de
Investigaciones Filosóficas de la
UNAM, con publicaciones a nivel
nacional e internacional.
En el siglo anterior la filosofía iberoamericana se profesionalizó de una manera total, como en el resto del mundo. Los filósofos de nuestros países dejaron de ser abogados, generales, sacerdotes, novelistas o periodistas que hacían filosofía en sus ratos libres, para convertirse en profesionales certificados consagrados de tiempo completo a la disciplina dentro de una institución académica.

Una estrategia de la profesionalización de la filosofía iberoamericana fue alejarla de la literatura para acercarla a la ciencia. Esta táctica resulta intrigante, ya que, hasta el día de hoy, nuestra literatura ha sido más exitosa que nuestra ciencia. Pero esa consideración no detuvo el proceso de profesionalización que se calcó del que tuvo lugar en otros países.

Para ser admitido al gremio filosófico, los aspirantes deben escribir una gruesa tesis. En 1903 William James se quejaba de la exigencia del doctorado para reconocer la capacidad de alguien de pensar filosóficamente, pero hoy en día nadie pondría en duda ese requisito. La prosa de la tesis de filosofía debe tener la aridez de las ciencias. El director obliga a su pupilo a eliminar cualquier recurso retórico mal visto por la academia. Para consolarlo, quizá le diga que cuando se gradúe podrá escribir como quiera, pero eso es falso. Ni siquiera los profesores definitivos tenemos carta blanca. Las instituciones en las que laboramos exigen que publiquemos sin parar artículos en revistas especializadas.

Aunque los libros siguen teniendo prestigio, han dejado de ser la unidad de medida de la labor académica. Si las universidades son como fábricas de conocimientos, los profesores somos como obreros cuya tarea es producir artículos. Aunque se toleran escritos en otros géneros, por ejemplo, reseñas o prólogos, estos valen menos que los artículos, llamados sin recato papers, así, en inglés, para enfatizar que lo que se busca es imitar en esto, como en tantas otras cosas, a los anglosajones.

No tengo nada en contra del artículo; es un excelente medio para comunicar los resultados de la investigación científica. Lo que me inquieta es que la insistencia con la que los administradores lo promueven asfixia la creatividad de la filosofía en lengua española.

La dieta filosófica se ha vuelto desesperadamente monótona. El ensayo, el opúsculo, la epístola, la meditación, el diálogo y la autobiografía, géneros cultivados por Platón, Pascal, Montaigne y Leibniz han sido desterrados de la filosofía académica. Lo mismo le ha sucedido a otros géneros como el sermón, la disertación, el discurso, el alegato, la sentencia, el panfleto y el manifiesto, sin los cuales no se entendería la historia intelectual de Occidente. Y todos los géneros literarios como el aforismo, el poema, la fábula, la obra de teatro, el cuento y la novela, en los que escribieron filosofía autores como Parménides, Voltaire, Nietzsche y Sartre, ya tampoco se consideran formas del trabajo serio en filosofía.

En la retórica clásica se llama decorum al ajuste que debe haber entre lo que se dice (y cómo se dice) con quiénes lo escuchan (y cómo lo escuchan). Si se reglamenta que la filosofía debe ser escrita por especialistas para que la lean otros especialistas, quizá podría aceptarse que el artículo académico es el género ideal para cumplir con esa finalidad. Si se regula que la filosofía se debe escribir sólo para avanzar en el conocimiento, aunque sea un milímetro, igual podría concederse lo anterior. Pero esos no son ni pueden ser los únicos fines de la filosofía. Hay otros de no menor decoro. Uno de ellos, por ejemplo, es la pretensión de cambiar nuestras vidas por medio de un autoexamen. Cuando esto se busca al hacer filosofía quizá sea más apropiado escribir una novela en vez de un artículo.

No es sólo nostalgia lo que me hace resistir a la dictadura del paper. Pienso que es falso que para imprimirle un carácter científico a la disciplina estemos obligados a escribir artículos, y también considero que debe cuestionarse que la filosofía deba ser científica en la manera tan estrecha en la que se acepta hoy en día.

No dejo de reconocer que la profesionalización de la filosofía ha impulsado a la disciplina como nunca antes. Volver atrás parece imposible. Los frutos de ese régimen son abundantes y algunos excelentes. Sin embargo, desde que se impuso el sistema de profesionalización, la filosofía en lengua española ha perdido creatividad, riqueza expresiva y donaire.


Twitter: @Hurtado2710


Este artículo es primero del autor de una serie de tres sobre este tema:
puedes leer el segundo aquí---> 
El paper y la economía del conocimiento
puedes leer el tercero aquí---> La escritura filosófica

Puedes leer otros artículos de opinión filosófica aquí---> Columna 

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