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sábado, 10 de mayo de 2014

¡Ámate a ti mismo!

(Publicado originalmente en Cantera Noticias)


Dicta la receta: “Para poder amar a alguien, primero ámate a ti mismo. No puedes amar a nadie si primero no te amas a ti mismo”. Otros dicen como equivalente: “no puedes querer a nadie si no te quieres primero tú”. Es una ideología muy de moda, y muy “obvia”, quizá, pero siempre me ha causado algún ruido. Para empezar distingamos con José José, que amar y querer no es igual, y a partir de ello consideraré que quien equipara amar y querer necesita una reflexión a parte. Hablaré pues del amarse a sí mismo, en esos términos, y no del quererse a sí mismo.

Reconstrucción breve del mito de Narciso

Y el hermoso joven Narciso, que era incapaz de amar y reconocer al otro,  despreció vanidosamente a la bella ninfa Eco, cómo había hecho con tantos hombres y mujeres más. Entonces fue castigado por la diosa Némesis para que sufriera el dolor del amor no correspondido. Y así, un día se encontró con su propio reflejo en el agua del cual se enamoró perdidamente. Y absorto en ese lugar, atrapado por su propia imagen, a la que no podía ni se atrevía a tocar para no desdibujarla, se consumió hasta convertirse en la flor llamada narciso, tan hermosa como maloliente.

Y  Eco, consumida de melancolía, se retiró a una cueva donde su cuerpo también se consumió, quedando de ella solo una voz sin forma que repite en la lejanía la última frase o sílaba que se pronuncie.

¿Qué cosa puede significar eso de ‘amarse a uno mismo’, y además ponerlo como condición de posibilidad del ‘amor a los otros’, de modo que solo puedas amar a otros si te amas a ti mismo? ¿Es, incluso, bueno, malo o indiferente moralmente? ¿Es posible ese amarse a sí mismo? Aunque esta recomendación casi siempre refiere al ‘amor de pareja’, o triada, cuadra, etc., vaya, el ‘amor sexuado’ -que no es del todo lo mismo que ‘amor sexual’-, trataré de pensarlo en términos más generales como ‘amor a otros’.

Poniéndome sexista, diría que parece más una ideología de mujeres, o una receta para mujeres, que para hombres. No porque no vaya dirigida a ambos géneros, sino porque parece tener más acogida entre las mujeres que entre los hombres, y más promotores entre las mujeres, o entre hombres que se dirigen a mujeres. Quizá porque las mujeres sufren más el menosprecio de su valía, por parte de la sociedad, de los hombres, y, quizá también, por sí mismas. Quizá las mujeres suelen olvidar con más frecuencia ocuparse de su propia salud, sus necesidades, gustos, deseos, su propia felicidad, por ocuparse de las de otros. Quizá la mujer es más entregada –por una presunta naturaleza o por educación-  y en el camino de la entrega se olvida de sí misma. También hay quienes afirmarían que la mujer lleva en su naturaleza la fragilidad de su auto-percepción, y necesita que le estén recordando lo mucho que vale y lo bella que es. Quizá también porque en la mujer es mejor vista la “vanidad” y el cuidado de sí misma para conservarse bella. Hay incluso una marea de e-mails masivos, poemas anónimos y hasta poemas de autor, canciones y escritos, dedicadas a difundir la necesidad de recordarle a la mujer cuánto vale. Pero no descartaremos tampoco que existe un buen número de cultores masculinos del amor a sí mismo. Incluso buena parte de los maestros del amor a sí mismo son hombres –esperemos no charlatanes-.

Históricamente, desde la antigua Grecia ya podemos rastrear la presencia y análisis de este tema del ‘amor a sí mismo’, por ejemplo en la Filosofía con Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, pasando luego por los escolásticos, la modernidad, y en el siglo XX a partir de la psicología como en Erick Fromm, y en la actualidad con algunos autores o terapeutas influenciados o formados, por ejemplo, en la Terapia Gestalt, y toda la ola de corrientes alternativas de crecimiento personal y sanación, corrientes orientalistas diversas y la New Age. Teniendo como antecedente inmediato del siglo pasado en occidente el psicoanálisis en la psicología y el surrealismo en el arte, que han permitido una revalorización de esa parte oculta del ser humano, de uno mismo, que antes se censuraba: el inconsciente descubierto por Freud, se ha hecho posible que el ser humano se acepte a sí mismo en su integridad, superando la culpa y la vergüenza sembrada por siglos por la vieja religión católica, y se ha abierto “posiblemente” la puerta a un ‘amor a sí mismo’, que algunos han cultivado con insistencia,  y que hoy se ofrece por todos lados como cura contra la infelicidad.

El análisis, por lo menos desde la antigua Grecia, ha girado en torno a si el ‘amor a sí mismo’ es bueno o malo, positivo o negativo, siendo analizado quizá, a partir de observar a aquellos que parecen tener un excesivo amor a sí mismos -por ejemplo el bello mito de Narciso surge en la antigüedad para moralizar a los jóvenes griegos-, en donde los pensadores han tratado de establecer si eso es bueno, virtuoso o correcto. En la mayoría de los casos han encontrado que puede ser algo bueno o malo según el enfoque, entendiendo el enfoque negativo como egoísmo o ideas afines. Incluso para establecer esta distinción entre el enfoque positivo y el negativo, se suelen usar términos distintos: por ejemplo, los escolásticos lo llamaban amor sui en su enfoque positivo, y amor privatus en su enfoque negativo. Aunque en Grecia había un solo término para ello –φιλαυτία- y la distinción se hacía ex professo para la explicación. Pero en la medida que ese ‘amarse a sí mismo’ signifique procurarse todo lo bueno y bello, como en Aristóteles, y ser benevolente hacia los demás, tenerse respeto a sí mismo, o tener buena estima de sí mismo como requisito para tener fuerza moral suficiente para ser moral, entonces podría ser algo bueno.

Mención aparte merecen quienes de tendencia ascética o quietista, como el francés François Fénelon, fuertemente influido por Madame Guyon, una mística católica que fue considerada hereje por la iglesia y encarcelada, consideran que ni siquiera en su enfoque positivo el ‘amor a sí mismo’ es bueno, que de hecho el ‘amor a sí mismo’ es el enemigo del amor verdadero, que es el ‘amor puro’. Este ‘amor puro’ precisa de la renuncia a todo interés ajeno al amor mismo. Nuestras acciones han de ser guiadas por inspiración de Dios.

Sin embargo, el fenómeno hoy en día parece tener un cariz peculiar, en dónde el ‘amor a sí mismo’ más bien se receta a los infelices y a los que “aman” en demasía a otros olvidándose de sí mismos. Es un enfoque distinto el que predomina hoy día, desde la perspectiva de la sanación y el crecimiento personal de los Best Sellers (¡los mejor vendidos, vaya!) Parece una receta más hecha para vender que para alcanzar un conocimiento y amor auténticos, o un enfoque cientificista, en el mejor de los casos, que hay que esclarecer.

Por cuestión de espacio y tiempo, no puedo hacer una exposición detallada aquí, y este escrito será entonces, el anticipo de una investigación y análisis más profundo para el futuro inmediato. Por lo pronto, baste notar que no necesariamente el ‘amor a sí mismo’ parece algo bueno o digno de procurarse. Al menos no a segunda vista. Los cultores del ‘amor a sí mismo’ podrían decir, para matizar la posible connotación negativa del ‘amor a sí mismo’: -bueno, hay que amarnos a nosotros mismos de forma moderada o equilibrada, o de forma generosa, o insistir en que amarse a sí mismo es necesario para poder amar a otros, ya sea poniendo el énfasis “aparente” en el bien de los otros, pero enfocándonos al final en “nuestro propio bien”, o bien, declarando airadamente que “primero yo y, si me alcanza, luego tú” (Jorge Bucay)

Antes de entrar en controversia con quienes consideran que amarse a sí mismo no solo no es malo, sino que es necesario, como Erich Fromm o actuales cultores del ‘amor a sí mismo’ como la argentina Enriqueta Olivari o el también argentino Jorge Bucay (quizá no es casual que ambos cultores del ‘amor a sí mismo’ sean argentinos), formados en o influenciados por la Terapia Gestalt, o por las doctrinas de personajes como el hindú Osho, y otros tendientes al orientalismo y prácticas como el Reiki y demás corrientes alternativas de sanación y crecimiento personal, me gustaría más bien poner énfasis en un instante previo y preguntar ¿qué se puede entender por tal ‘amor a sí mismo’ y si acaso es realmente posible, o en qué puede consistir?, para saber si puede ser una condición necesaria previa a poder amar a otros y algo digno de cultivarse.

Para esclarecer un poco el tema de este análisis, en este momento quizá sea recomendable distinguir varios términos actuales relacionados con el ‘amor a sí mismo’, que no podemos detenernos a explicar, pero que conviene notarlos. Tenemos así, por ejemplo, los siguientes términos que no son en todo lo mismo: ‘amor a sí mismo’, ‘amor propio’, ‘autoestima’, ‘narcicismo’, ‘egoísmo’, ‘egolatría’, ‘egocentrismo’, ‘orgullo de sí mismo’, ‘engreimiento’, ‘soberbia’, ‘conocimiento de sí mismo’, ‘respeto a sí mismo’, ‘dignidad’, ‘ocuparse de sus necesidades e intereses’, ‘cuidado de sí mismo’, ‘sanación’, etc.

Nociones como ‘conocimiento de sí mismo’, ‘respeto de sí mismo’ y ‘dignidad’, en donde la ‘dignidad’ es la “calidad de digno”, es decir, “que tiene valor”, “el reconocimiento de su valor”, pudieran representar palabras moderadas y sensatas de esa motivación para el necesario cuidado de sí que uno debe tener, si bien, no sean necesariamente lo mismo que ‘amarse a sí mismo’.  En el mismo orden de ideas razonables podemos entender el ‘ocuparse de sus necesidades e intereses’, y, por último, ‘el cuidado de sí mismo’ y ‘sanación’.

Habiendo notando esas a veces sutiles diferencias, que en gran medida refieren a los excesos y desviaciones que puede haber en el aprecio y percepción de sí mismo, para entender qué puede significar eso de ‘amarse a sí mismo’, una vez consintiendo que haya algo que revisar y que no es del todo intuitivo ese concepto, es necesario revisar qué cosa se puede entender por ‘amor’ a secas, y por ‘si mismo’ o ‘el yo’, para visualizar cómo se podrían conjugar juntos.
¿Pero porqué cuestiono la validez de la idea (y las recetas) del ‘amor a sí mismo’, si cada una de esas ideas mencionadas como razonables se podría considerar como parte del ‘amor a sí mismo’?

Quizá ayude proponer una idea tentativa del significado de la palabra ‘amor’, que puede resultar bastante coincidente con lo que la mayoría de las personas entiende hoy en día por dicho vocablo y que, por lo demás, tampoco sea bastante divergente de lo que históricamente se ha entendido por ello, ya sea desde una orientación platónica en donde uno va hacia la perfección, o una cristiana, en donde el amor proviene de Dios. Según esta idea tentativa que propongo, el amor es un sentimiento inflamado hacia alguien o algo, pero para ser auténtico va acompañado de acciones motivadas por ello, sin embargo se constituye de tres componentes fundamentales, a saber: el encantamiento contemplativo hacia lo que se percibe como bello y bueno en alguien o algo, además de apropiado para una necesidad personal, ya sea física, mental o espiritual, o todo a la vez (también puede tratarse del goce intrínseco en la realización de alguna actividad, como amor a dicha actividad); el sentimiento de atracción hacia ello para la convivencia, el goce o la cercanía contemplativa, de modo que, suele resultar difícil mantenerse alejado de ello, pues lo amado se instala en el pensamiento como una necesidad de recurrencia; y el cuidado y dedicación voluntaria y libre para con ese alguien o algo, según lo requiera para seguir siendo lo que es, bello y bueno, y seguir gozando de ello. Para todo esto, habría que tener como condición previa el conocimiento de lo amado. Preliminarmente considero que no se puede hablar de ‘amor’ si falta alguno de estos componentes.

Visto el amor desde la perspectiva de esos tres componentes fundamentales, ¿no resulta inquietante la idea de encantarse contemplativamente con uno mismo, o incluso la de sentir atracción hacia uno mismo? Algo parece no cuadrar. So pena de caer atrapados por nuestro propio reflejo al fondo del agua como el bello Narciso, en algo que, por lo demás, era una ilusión, pues su reflejo no era ‘él mismo’ ni ‘alguien otro real’, quizá sea recomendable seguir revisando las implicaciones y connotaciones de estas ideas modernas que se venden como cura para la infelicidad.

Visto pues, desde esta perspectiva, parece que la única manera en que se podría entender con algún sentido el ‘amor a sí mismo’ es en el sentido de ‘cuidado y dedicación hacia uno mismo’, con la condición previa del auto-conocimiento, aunque bien, quizá valgan también aquellas ideas afines como ‘respeto a sí mismo’, ‘dignidad’, ‘ocuparse de sus necesidades e intereses’, y, por último, ‘el cuidado de sí mismo’ y ‘sanación’ necesarios para seguir adelante con bien hasta el fin.

Sin embargo, en tanto tal, según lo que he propuesto, no sería lícito llamar a esto ‘amor’. No parecería sensato hablar de ‘amarse a sí mismo’. Ni semánticamente ni sicológicamente, ni existencialmente. Quizá.

Ahora bien, considero que no solo no se puede amar a uno mismo, porque el amor sea algo más de lo que se debería practicar sobre uno mismo -y más bien hacia otros o hacia ‘lo otro’-, es decir, en el sentido de ‘deber’; sino que, además, no se puede amar al ‘sí mismo’, en tanto que el ‘sí mismo’ no es susceptible de ser amado, en el sentido de ‘poder’. El ‘yo’ no puede ser amado, más que como un acto ilusorio poniendo un espejo ficticio delante de él. Porque el ‘yo’ no es, además, el cuerpo que se ve en el espejo físico.

¿Qué es el yo?, o mejor dicho, ¿qué soy yo? Yo no soy mis partes, ni la suma de mis partes, de las cuales puedo prescindir sin dejar de ser yo. Incluso los órganos vitales, como el corazón, hígado, riñones, pulmones, pueden llegar a ser sustituidos. No así el cerebro, parece, pero ¿yo soy mi cerebro?, en dicho caso, ¿qué parte de él, porque hay partes que pueden dañarse y sin embargo seguir siendo yo? En el budismo se piensa que el yo es una ficción. No existe el yo. Buena parte de las terapias de sanación o crecimiento espiritual de inspiración oriental consisten en la destrucción del ego. En su versión extrema, la destrucción de la creencia en el yo.

Uno puede amar sus piernas, sus brazos, su rostro, su miembro viril, o sus caderas y sus tetas la mujer, o bien sus facultades, su inteligencia, su sensibilidad, sus conocimientos, su creatividad, su fortaleza, su habilidad, sus talentos, su nobleza, su espíritu de aventura y su arrojo y valentía, o bien, su experiencia y sus recuerdos, su suerte, la comodidad y solvencia con la que vive, la calidez o diversión de su familia, o sus pertenencias, su dinero, sus propiedades, su auto, su guardarropa, su cuenta bancaria. Pero amar esas cosas no es propiamente amarse a sí mismo, sino amar las herramientas con las que conseguimos otras cosas, como el respeto, la aceptación, el amor, el sexo con otras personas, o amar las cosas mismas. Entonces estamos amando las cosas y herramientas con que contamos, no a nosotros mismos. Así parece, como tampoco es amar a una mujer el amar su cuerpo. Ni siquiera el amar la mente, la inteligencia o la personalidad de alguien es amarle. Se ama a alguien, al conocerle, por lo que es, en lo que tiene de insustituible, en su esencia más pura y elevada, y en donde se comprende lo que es: un ser humano, una criatura única, dotada de existencia, vida, sensibilidad, y de facultades superiores como el entendimiento, la inteligencia, pero también de belleza, una belleza libre de los estereotipos que impone la sociedad. Pero sobre todo se le ama al conocerle, al llevarla en nuestros recuerdos y en nuestras expectativas.

Pues bien, este tipo de amor no se puede realizar ni practicar sobre el ‘yo’, sobre el ‘sí mismo’, y en todo caso es ocioso y carente de sentido. El amor se realiza en ‘los otros’, en el ‘allá afuera’, en ‘lo otro’.

Sin embargo, alguien podría replicar: ¿y qué pasa con el mandamiento judeocristiano de “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”?, ¿si no es posible amarse a uno mismo, entonces, tampoco es posible amar al prójimo, apegándose a la lógica de este mandamiento? Mandamiento que es además utilizado por los cultores del ‘amor a sí mismo’ para justificar su pretensión, aunque usándolo en sentidos un tanto heterodoxos y extravagantes.

Ante esto, primero habría que admitir como auténticos los mandamientos de la tradición judeocristiana, habría que admitirlos como verdaderos, o como verdadero el origen de éstos; es decir, declararse en la Fe judeocristiana para poder usarlo como base, justificación o apoyo de ese ‘culto al sí mismo’. En caso de ser verdadero el origen de estos mandamientos, mi argumento puede quedar muy debilitado. Aceptemos esto. Pero, en todo caso, aún admitiéndolos y declarándonos en esta Fe, no me parece que Dios nos esté mandando a amarnos a nosotros mismos, a mimarnos frente al espejo, a acariciarnos y adorarnos, y decirnos palabras amorosas y de motivación, y complacer nuestros deseos, nuestros antojos y caprichos, a establecer el romance con uno mismo, ni tan si quiera me parece que con dicho mandamiento se nos esté ordenando cuidarnos y procurarnos el bien, alimentarnos sanamente, tomar terapias florales o hacer yoga –todo lo cual está muy bien, pero no creo que trate de eso ese mandamiento-; sino a amar al prójimo, que es donde el amor puede existir y trascender, a ser con el prójimo como esperamos que sean con nosotros, a procurar su bien como procuramos el nuestro -porque el nuestro por naturaleza lo procuramos-, a no hacer con él lo que no deseamos que se haga con nosotros. Y, en suma, amar. Que, desde mis perspectiva, es necesariamente ‘amar lo otro’, ‘lo que no se tiene’, ‘lo que no se es’, ‘lo que no es uno’.

El amor en sentido cristiano no se entiende tanto en el sentido de encantamiento, sentimiento o atracción, sino es quizá, más bien, bondad. Se nos manda a no cuidar solo de nosotros mismos, sino a ser bueno con el otro también. Ambos por igual. Es un decreto de igualdad. No hay ahí una incitación a amarse a sí mismos, como lo predican los cultores del amor a sí mismo, sino únicamente un mandato de bondad y misericordia igualitaria.

Por lo demás, para los que afirman que ese mandamiento justifica el cultivo del ‘amor a sí mismo’ no sobraría recordar Mateo 10, 39: “El que quiera conservar la vida, la perderá, y el que la pierda por mí, la conservará”, en donde parecería indicarse que no debemos amar demasiado esta vida y este cuerpo que “somos”.

Para concluir mi disertación consideraré que, si bien es una ficción viciosa amarse a uno mismo, también es una ficción, un error del entendimiento, odiarse a sí mismo.

                      Amar es encontrarle sentido a la vida en lo amado. He así como el filósofo ama la sabiduría, y ésta, como todo lo amado, es escurridiza.

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